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La palabra que todavía nos cuesta decir en voz alta
Hacé el ejercicio. Decí en voz alta: «Soy ambiciosa.»
¿Cómo se sintió? ¿Cómodo? ¿Un poco raro? ¿Con ganas de agregar alguna aclaración enseguida, de suavizarlo, de contextualizarlo para que no suene mal?
Si la respuesta es sí, no estás sola. Y no tiene nada que ver con cuánto te conocés ni con cuánta seguridad tenés. Tiene que ver con algo mucho más estructural: la palabra ambición, cuando viene de una mujer, todavía carga con un peso que no le corresponde.
No es un problema individual
Durante años se habló de la falta de ambición en mujeres como si fuera una característica personal. Como si algunas simplemente fueran más tímidas, más conformistas, menos capaces de soñar en grande.
La psicología tiene algo bastante diferente para decir sobre esto.
Lo que llamamos «falta de ambición» en muchos casos no es ausencia de deseo, es el resultado de haber aprendido, durante mucho tiempo y en muchos contextos distintos, que ese deseo no era bienvenido. Que querer más siendo mujer tiene un costo social. Que la que pide un aumento «se cree mucho». Que la que dice abiertamente cuánto quiere ganar «es interesada». Que la que lidera con convicción «es difícil».
Esos mensajes no necesitan ser explícitos para hacer efecto. Se transmiten en comentarios al pasar, en cómo se describe a las mujeres que se animan, en lo que se celebra y lo que se critica a nuestro alrededor. Y repetidos suficientes veces, en diferentes contextos, forman algo muy concreto: una percepción de lo que es posible para nosotras. Un límite que no está escrito en ningún lado pero que opera igual.
El precio de jugar chiquitito
Hay un costo concreto en creer que querer más no es para nosotras. Y no es solo emocional.
Cuando la percepción de lo que merecemos es baja, las decisiones que tomamos lo reflejan. Pedimos menos de lo que corresponde. Aceptamos condiciones que no nos convienen. Postergamos indefinidamente cosas que queremos hacer porque todavía no nos sentimos «suficientemente listas». Nos quedamos en espacios que ya nos quedaron chicos porque salir de ahí requeriría reclamar algo y reclamar todavía se siente peligroso.
Todo eso tiene consecuencias reales. En los ingresos, en las oportunidades, en la satisfacción con lo que construimos. Y también en algo más difícil de medir pero igualmente importante: en la relación que tenemos con nuestros propios deseos. En si nos permitimos siquiera tenerlos.
Si este tema te resuena y querés profundizarlo, en el episodio 53 de Mentalidad Poderosa lo trabajo en detalle de dónde viene la incomodidad con la ambición, qué tiene que ver la autoeficacia con lo que nos permitimos desear, cómo relacionarnos con la voz interna crítica, y la diferencia entre una ambición que te mueve y una autoexigencia que te agota.




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