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Lo que tu cabeza hace cuando algo se pone difícil
Hay un experimento mental muy simple que revela bastante sobre desde dónde estás operando.
Pensá en la última vez que algo se complicó: un mes flojo, un proyecto que no salió, una decisión difícil. ¿Hacia dónde fue tu cabeza primero? ¿A lo que te faltaba para resolver la situación? ¿A todo lo que no podías, no tenías, no sabías?
O fue a lo que sí tenías. A lo que ya habías resuelto antes. A los recursos con los que contabas aunque en ese momento no los estuvieras viendo.
La dirección hacia donde va la cabeza en esos momentos dice mucho sobre la mentalidad desde la que operás habitualmente. Y para la mayoría de las personas — especialmente para las mujeres — esa dirección casi siempre apunta hacia lo que falta.
Trabajar la mentalidad de recursos no significa convencerte de que no tenés limitaciones. Las tenés. Todas las tenemos. Hay cosas en las que no somos buenas, contextos que nos superan, momentos en los que los recursos genuinamente no alcanzan.
De lo que se trata es de otra cosa: aprender a distinguir entre los límites reales y los límites aprendidos. Entre lo que genuinamente no tenés y lo que creés que no tenés porque nunca te detuviste a hacer el inventario de lo que sí está.
Esa distinción importa porque las decisiones que tomamos desde cada lugar son completamente distintas. Desde la escasez, el foco está en lo que falta y desde ahí es muy difícil moverse, porque el control siempre está afuera, en algo que todavía no llegó. Desde los recursos, la pregunta cambia: con lo que tengo hoy, en esta situación concreta, ¿qué puedo hacer? Y esa pregunta, aunque no tenga una respuesta perfecta, ya pone a la mente en un lugar diferente.
Lo que se pierde cuando no vemos lo que construimos
Hay un costo muy concreto en no poder dimensionar lo que ya se tiene — y va más allá de la autoestima.
Cuando una persona no reconoce sus propios recursos, toma decisiones desde un lugar de escasez aunque objetivamente no esté en escasez. Subestima lo que puede aportar. Acepta condiciones que no le corresponden. Duda antes de ofrecerse para algo que en realidad sabe hacer muy bien. Se convence de que necesita más formación, más experiencia, más tiempo — cuando lo que muchas veces necesita es simplemente reconocer lo que ya tiene.
Esto se ve mucho en mujeres que emprenden: años de aprendizaje, de decisiones, de resolución de problemas, de construcción de algo desde cero — y sin embargo la sensación de que todavía no es suficiente, de que falta algo, de que otras están más preparadas.
Reconocer lo que tenés es una habilidad, no un estado de ánimo
Una de las cosas que más me interesa de este tema es que la capacidad de ver los propios recursos no es algo que se tiene o no se tiene — es algo que se entrena.
Y como cualquier habilidad que se entrena, requiere práctica deliberada. No alcanza con que alguien te diga «valorá lo que tenés» — eso no mueve nada. Lo que mueve es el ejercicio concreto de hacer visible lo que la mente tiende a invisibilizar.
Preguntarse qué sabés hoy que no sabías hace un año. Qué decisiones tomaste que funcionaron. Qué problemas resolviste que en su momento parecían imposibles. Qué recursos tenés, no solo materiales, sino de conocimiento, de red, de experiencia, de forma de pensar, que no siempre aparecen en un currículum pero que están ahí y que son genuinamente valiosos.
En el episodio 55 de Mentalidad Poderosa hablo de todo esto con una historia personal que disparó esta reflexión, y con tres movimientos concretos para empezar a entrenar la mirada hacia lo que ya tenés.
Lo podés escuchar donde escuchás tus podcasts. Y si querés el recurso gratuito que acompaña el episodio, escribime por mensaje privado de Instagram @cotypedrosa con el número 55.




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